Acá te dejamos la leyenda de las lágrimas del sombrerón en Guatemala, una de las narraciones más recordadas dentro de la tradición oral guatemalteca. Este relato, recopilado por el historiador Celso Lara, tiene como escenario principal las calles de la Ciudad de Guatemala, específicamente en barrios antiguos como El Sagrario, La Candelaria y el Callejón de las Ánimas.
Su desarrollo mezcla misterio, romance y tragedia, dejando en la memoria popular una historia cargada de simbolismo y superstición. ¡Aprende más a continuación!
Leyenda de las lágrimas del sombrerón, Guatemala
La historia inicia una noche estrellada en el barrio del Sagrario, frente a la Catedral de la capital. En medio del silencio, el único ruido provenía del paso de un patacho de mulas. En ese instante apareció la figura de un pequeño carbonero, quien avanzaba con dirección al barrio de la Candelaria.
Su presencia causaba inquietud porque, al pasar, los ladridos de los perros se transformaban en alaridos y llantos. Este hombrecillo vestía completamente de negro, usaba un cinturón brillante, botines de charol con espuelas de plata y cargaba al hombro una guitarra. En su cabeza destacaba un enorme sombrero que lo distinguía del resto.

Serenatas en el barrio de la Candelaria
El carbonero llegó hasta el atrio de la iglesia de Nuestra Señora de Candelaria, pasó por la Calle de la Amargura y se detuvo frente a un viejo palomar. Allí amarró a sus mulas y comenzó a cantar versos de amor.
Pronto, las mujeres del barrio empezaron a comentar sobre aquellas serenatas nocturnas, relacionándolas con Nina, una joven muy admirada por su belleza. Mientras algunas pensaban que tenía un pretendiente secreto, otras sospechaban que el extraño carbonero era quien la rondaba.
La fascinación de Nina
La madre de Nina desconfiaba de aquellas canciones y advertía a su hija sobre dejarse crecer el cabello, pues temía que un duende llegara a la casa. Sin embargo, Nina se sentía atraída por la voz que cada madrugada escuchaba, imaginando que se trataba de un joven enamorado.
Una noche, decidió abrir la ventana y descubrió que el intérprete era el sombrerón. Desde entonces, el hombrecillo entraba a su casa, lo que alarmó a las vecinas, quienes corrieron a contar la verdad a la madre de Nina.

Preocupada, la madre llevó a Nina a un convento para alejarla del sombrerón. Allí, la joven comenzó a consumirse de tristeza al no poder verlo. Su salud se deterioró hasta que falleció la noche de Santa Cecilia, en noviembre.
Durante el velorio, los vecinos acompañaron a la familia. Sin embargo, al caer la noche apareció el sombrerón y entonó un canto de dolor mientras bajo su sombrero rodaban lágrimas. Al amanecer, se encontraron rastros de lágrimas cristalizadas a lo largo de las calles, que terminaban en los barrancos cercanos.
El recuerdo en Santa Cecilia
Se cuenta que cada noche de Santa Cecilia, en el Callejón de las Ánimas, aparecen cuatro mulas amarradas y un lamento musical. Al día siguiente, en una tumba surge una rosa cubierta de gotas que, según la tradición, son las lágrimas del sombrerón derramadas por Nina.

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